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A Baracoa me voy…
17/02/2017

Por José Luis Curbelo

¡Qué manera de trabajar la gente en Baracoa, sobreponerse y seguir adelante; cuánta solidaridad de todos los cubanos para que este tesoro de Cuba -su Villa Primada- en pocos meses haya vuelto a la normalidad, tras la devastación generada por el ciclón Matthew, que durante más de seis horas descargó su furia contra esta apacible comarca el 4 de octubre pasado!

Alejandro Hartmann, su historiador, dice con orgullo: “la ciudad no solo está restablecida, si no que ahora en muchos sentidos luce mejor, y lucirá aún más”; e invita a quienes recibe a que la recorran, a que la disfruten, con un montón de sugerencias.

¿Puede creerse que alguien con tantos méritos como este hombre tenga siempre el buen talante de atender a cualquier desconocido no importa cuando aparezca por esos lares? Si en cultura o en la información que maneja, o en su retórica, se percibe la distinción de un ser sabio; en bondad de espíritu, en sencillez y en hospitalidad, Hartmann es un baracoeso más.    

Aunque Baracoa es modesta como urbanización, mar y montañas la arropan y le dan una visualidad muy seductora. Los hoteles El Castillo, Porto Santo, La Rusa, Río Miel, 1511 y La Habanera, del Grupo de Turismo Gaviota, son sus alojamientos; y fuera de la ciudad, Villa Maguana -una joya-, con el plus de encontrarse al borde de una playa como pocas quedan en Cuba.

¿Y qué hacer o ver? En el núcleo fundacional conviven múltiples instituciones culturales y su centro lo marca la Iglesia Parroquial Mayor que tiene el valor de atesorar la Cruz de la Parra, la única que se conserva de las 29 que se dice trajo Colón al Nuevo Mundo para dejar fe de la llegada del Evangelio a tierra americana; el boulevard, que aparece escoltado por el hotel La Habanera, una galería y una tienda de chocolate a base del famoso y bien cotizado cacao local, entre otros establecimientos; y resultan también imprescindibles el Museo Municipal, en el antiguo fuerte Matachín; y el restaurante La Punta, con un menú de excelencia.  

Pero no hay Baracoa sin montañas ni ríos cristalinos de aguas frescas, playas silvestres o el Yunque imponente que no tiene parangón. Y esa Baracoa deslumbrante está a minutos, al alcance de la mano: es la del Toa con sus botes llamados cayucas, el tibaracón, las Cuchillas y las comidas a base de recetas ancestrales; o la del cacao y el chorote en Duaba; la del cucurucho de coco, la del abra del Yumurí; la de Mapurisí, la de Maguana, la de bahía de Mata

¡Maravilla de Cuba, postal bucólica -mezcla de verde y azul con el  aire más puro y el paisaje más majestuoso como un repaso del alba de los tiempos-, Baracoa hay una sola!  

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